Centrocampistas, con música de Manuel Álvarez Ugarte




La clase media no tiene ideas enteras
Batania



Los centrocampistas nunca han lamido un gol
tienen miedo del césped más allá de su jardín
arrancan las rosas si aparecen
se esconden detrás de la lavadora
cuando llegan los hambrientos de revancha.

Un  centrocampista nunca ganará el partido
sus pies están vueltos hacia el sillón
y su ojo no tiene hambre.

En el centro del campo se escuchan las bombas desde lejos
los besos nunca son para ellos
tiene los cuellos llenos de púas
las manos con guantes
y esconden su fiebre en los bolsillos.

No arden
ni se dejan llevar por la lluvia caliente que a veces
en verano
empapa los campos y obliga a la gente
desconocida
a quitarse la ropa y besarse.

Los centrocampistas tienen dinero en el banco
cuellos de camisa perfectos
unos labios con precinto
y una vida muerta
empatada a cero.

Hoy

Lettl



Hoy un chino se comía las manos

para no dárselas al ogro del dinero.


Un hombre pantera se revolcaba en cal muerta,

celebrando el progreso.


Cada vez más leña y menos colibrí

cada herida más costra y menos latido.


Nos quedan tres dedos fuera de la ciudad

tres nada más para pedir auxilio y ya se escucha la risa

de las hienas de traje impoluto.


Comentario a Relatos Reunidos, de César Aira


Un relato de César Aira es algo parecido a la portada de este libro, un momento extraño, misterioso, en el que se ve un montón de zapatos rodeando a un hombre que pasea con sombrero por el medio de la calle. Una relación de elementos extraña, como lo es la relación de César Aira con las palabras.

Aira, nacido en una ciudad cerca de Buenos Aires llamada Coronel Pringles en 1949, es uno de los escritores argentinos más conocidos y valorados. En este libro, Relatos Reunidos,  que nos presenta la editorial Mondadori, se agrupan 17 cuentos escritos entre 1994 y 2011.

El argentino se caracteriza por su exuberante imaginación, que hace enganchar al lector desde el primer momento, convenciéndole de que “va a pasar algo”, pero hay veces, demasiadas, que pasas y pasas páginas y te relames “ahora viene lo mejor” pero lo único que hay es una puerta más, un camino más, o un punto final que deja la trama suspendida. Y a ti con las ganas.  

Y es que en estas 209 páginas podemos ver lo mejor y lo peor de César Aira. Lo mejor es que sabe perfectamente cómo tocar la tecla que llama la atención del espectador, y esto lo hace con un acierto enorme (un perro que ladra rabioso mientras persigue el autobús de un narrador olvidadizo, la evaporación lógica de la Gioconda, o la investigación y análisis exhaustivo de la conversación periódica de dos amas de casa).  



César Aira parece que no se cansa del rizo, que quiere más, que las servilletas y su laborioso mundo de la papiroflexia no se acabe nunca, que siempre haya pólvora en la trama, por mundana y simple que parezca a simple vista. Su relación con los lectores es cercana, o los desespera hasta perderlos y volverlos locos en su laberinto, o, al final del camino, después de curvas y más curvas, entregarles un final espectacular, propio de un genio. Este genio se puede ver claramente, sin demasiados recovecos, en varios cuentos: “El perro”, “Sin testigos”, “Los osos topiarios del parque Arauco” y “El infinito” que ya compensan la lectura del resto, que, por otro lado, también son recurrentes aunque se líen a medio camino.

De todos modos, y para terminar, que no me quiero enrollar como el autor, el pacto que hay que hacer cuando se abre un libro de este escritor argentino es dejarse llevar, no tener prisa ni demasiadas expectativas con un escritor sobrevalorado que, de vez en cuando, da en la diana y compensa todos sus paseos narrativos.