La poesía AÚN: huir

Aceptamos el color gastado de los periódicos y del trabajo como algo cercano, próximo, familiar. Lo aceptamos porque tenemos las mismas arrugas en la cara que nuestros padres, digo yo, y ellos cogieron por costumbre madrugar cada día, traer el pan a casa y todo lo demás. Esto era la normal, lo lógico, lo que había que hacer. Cada uno en su carril, mejor o peor; matemáticas, literatura, ingeniería, turismo o albañilería pero todos en el mismo estadio, ante el mismo público, y corriendo en la misma estrecha franja el mayor número de metros posible.

Quisimos ser lo contrario, diferentes. Leíamos y veíamos películas en las que esto era posible. La vida del oficinista, la rutina, la costumbre, siempre saltaban por los aires. Lo anormal, para nosotros, se convertía en lo lógico, lo natural a fuerza de ver la tele o leer libros o jugar a la consola. Pero a nuestro alrededor seguía todo en orden. Nadie se salvaba del despertador. Nadie conseguía esquivar el horario por muy doctor, o arquitecto o presidente del gobierno que fuera. Y así nos hicimos viejos de una vez y cambiamos instituto por universidad y universidad por trabajo. El mismo esqueleto de la sociedad sobre nosotros, adaptándose a las crecidas de nuestro cuerpo, sin abandonarnos nunca. 


Y lo gracioso es esto, la crisis, que te dice que, además, tienes que dar las gracias por tener un horario y un sueldo. Un pasaporte, por muy limitado que sea, para poder habitar este mundo de dinero.

Pero, al menos, hay un espacio donde no nos alcanzan. No hay horarios en la literatura. A pesar de todo aún hay bibliotecas. No hace falta comprar libros caros, tan solo leerlos, y eso se puede hacer en cualquier biblioteca o en internet. En el tren, antes de dormir, en casa, en la calle o casi en cualquier ámbito. Lo que nos salva de la industrialización y mecanización completa. Lo irreductible a pesar de la derrota generalizada que nos rodea. Seguir pringando cada día, aguantando el día repetido y repetido y repetido merece la pena por la literatura. Seguir levantándote cada mañana para leer el próximo libro, el lugar donde podemos vencer. 

 Refrigerator-Library, Shih Yung Chun

La poesía es baloncesto en Lavapiés

Foto de mi colega de equipo, Pablo F. Garvía - http://pablofgarvia.com/


En las entrañas de Lavapiés huelo el sudor de los jugadores,
olor a marihuana y mar.

Aquí, en el piso inferior de la basura de Madrid,
donde se acumula la mierda de los perros
y los ojos machacados por el viaje de los látigos.

Baloncesto como trozo de madera con termitas en el océano.
Balsa rota e ilegal, pero balsa.
Aquí se juega en el centro de la litrona rota. 

Aquí agarras el nervio de Lavapiés.
Pero poco, da calambre y arde.
Aquí, en el Parque Casino de la Reina,
futuro de España y vergüenza del presente blanco.

Aquí se juega baloncesto y reggaetón y coca y chocolate manoseado con susurro para turista.

Donde se celebra el sol en la cancha del esfuerzo,
mezcla de músculo y red para los peces sin mar ni aire.
La línea del triple es una frontera para el policía, para el euro.
Dentro alternamos el hambre y los codos.
Celebramos la cancha como conquista,
como huida hacia dentro, escondidos del paisaje telaraña de Madrid.

Aquí, mi casa, el centro del hueso de Madrid.
Aquí, en el peligro, en la mezcla de hambre y moderneo, aquí, en el juego del niño negro
y el niño chino, y el niño paquistaní, y el niño dominicano y el niño senegalés y el niño español.
Aquí, donde juegan el niño y el niño.

Aquí, en el desguace, en el equilibrio
donde aún resiste la esperanza.

La poesía AÚN: Limpiarse

the Library at Night, Erik Desmazières

Hay quien se levanta y se siente sucio, aplastado por el sudor, el frío, las pelusas o los escombros del sueño. Hay otros que odian los baños públicos, otros no aguantan usar cubiertos que no sean los de su casa. Hay personas para las que la suciedad se representa con una cucaracha, una rata, o un político, depende. Y para corregir la suciedad, la sociedad (que para algunos también es suciedad) ha creado insecticidas, guillotinas y otros artilugios higiénicos. Entiendo que tú también tendrás una suciedad propia, un rincón de mierda del mundo que eliminarías sin pensar o, al menos, esconderías en algún sitio muy profundo. Seguro. Todos tenemos, creo, ese punto filantrópico aunque difiera el objeto en cuestión.

Mi suciedad, lo tengo claro, es el trabajo. El rumor de las teclas, la luz sospechosa de los flexos y de las pantallas. Uf, todo lleno de mierda. Madrugar, coger el tren, aguantar al compañero de curro que siempre grita. Pero todo esto no es lo peor, lo peor, es, por así decirlo, la repetición. Cada miércoles el mismo camino, cada martes, cada lunes, cada final de mes el mismo salario que te salva y te condena. No encontrar la salida a esta ruleta mortal de hámster. Trabaja, sé decente, cuida tu currículum, la trayectoria profesional y demás muestras de óxido. Así, todo de golpe, repetido sin ruido y sin escándalo, con sus hipos de vacaciones navideñas y veraniegas que solo sirven para coger impulso y que joda más el madrugón del futuro. Perpetuarse, anclarse, dejar tus sueños y tus viajes y tus amores que no tienes tiempo de disfrutar, todo, a un lado. Ocho horas al día tragando el oxígeno exacto, la ración que no rebase. Y no te quejes que podrías estar peor. La amenaza del paro, del desempleo, del vagabundeo.

Pero en mi mundo hay, al menos, un tipo de limpieza. Limpieza mental y apertura de puertas y ventanas. Si yo fuera médico diría:

En el caso de que usted sufra por las mezquindades y las estrecheces del trabajo debe usted visitar una librería/biblioteca asiduamente hasta que los posos de roña del trabajo se limpien, al menos temporalmente, de los rincones de su cuerpo. No escatime en realizar estas visitas, ya que si esta situación se agrava, su cerebro puede entrar en colapso y usted se convertirá en un ferviente consumidor de Telecinco y otras enfermedades similares.

Yo lo necesito. Es mi manera de decirme «joder, serás el capullo que siempre dijiste que no ibas a ser pero, al menos, tienes pasta para comprar libros que podrás leer cuando vuelvas a estar en paro». Seré un capullo vendido al capitalismo pero, al menos, soy consciente. Soy consciente de que no me rindo del todo, que esto es provisional, que el dinero que obtengo lo estoy empleando en algo útil y limpio (o de las cosas más limpias y útiles que he encontrado y que se pueden comprar) y esto me da una tregua. Desintoxicarse, limpiarse, ducharse dándose una vuelta por los estantes y decirte aquí estoy, rodeado de gente extraña como yo que escribía o escribe, y que también sufrieron por el pasillo estrecho del trabajo, del sustento.

No estamos solos.